Leí Los jefes [1959] del nobel Mario Vargas Llosa [1936-2025], una obra fascinante porque, además de ser su primer libro publicado, funciona como una pieza formativa con la que él va a consolidar su universo literario posterior. Resulta que el propio Vargas Llosa consideró esta colección de cuentos como sus “ejercicios de calentamiento”, una vez descubrió su vocación y entendió que ser buen escritor es algo que va mucho más allá de estar inspirado: exige disciplina, escribir y escribir la misma historia, una y otra vez, hasta encontrar esa “forma propia” de expresarse en el mundo.
Volviendo al libro, esta es una colección de seis relatos
cortos, pero el que le da título al volumen es, sin duda, el más potente y
revelador de todos ellos. Los relatos son, en su orden: “Los jefes”, “El desafío”,
“El hermano menor”, “Día domingo”, “Un visitante” y, finalmente, “El abuelo”.
A pesar de ser la obra de un autor muy joven (tenía poco más
de veinte años cuando la publicó), ya se nota una madurez técnica impresionante
y la obsesión por los temas que marcarían su carrera posterior. Por mencionar
un solo caso, el cuento “Los jefes” impactará textos como La ciudad y los
perros [1962].
El relato central, “Los jefes”, que es el que le da el nombre
a la colección, trata sobre una huelga estudiantil en el colegio San Miguel de
Piura. Este cuento permite retratar cómo se estructuran las relaciones de
poder, el caudillismo y la violencia entre los adolescentes y sirve, a su vez, como
un reflejo, a pequeña escala, de la sociedad, tanto la de aquel entonces como
la de ahora: autoritaria, machista, violenta y jerárquica.
Otro aspecto por resaltar es que Vargas Llosa no cae en
maniqueísmos (de buenos contra malos). Por ejemplo, en el texto los “Los jefes”
todos los actores son una sumatoria de emociones e ideas que la moral defiende
y acusa al mismo tiempo. De esta forma, la lealtad y la traición, la justicia y
la violencia, conviven en la misma mesa. No hay personajes buenos ni malos,
sino, como una dosis realista, cada cual es una sumatoria compleja entre lo que
se puede creer es bueno y malo, de manera tal que queda la sensación de que la distinción
entre lo correcto y lo incorrecto es más teórica que práctica.
Pasando al tema de la técnica narrativa, esta colección es más
“tradicional” si se la compara con la complejidad técnica de obras posteriores
como Conversación en La Catedral [1969], por mencionar un ejemplo; pero, ya
se percibe ese pulso firme, el manejo del suspenso y una notable capacidad para
construir atmósferas tensas y realistas mediante diálogos directos y cortantes.
Otro elemento de su técnica es que los relatos no son
completos: el quid del drama no está debidamente explicado en cada relato. El lector
debe llenar, conscientemente, estos vacíos con sus suposiciones, lo que nos
conduce a la apuesta del autor: el lector debe sumarse a la labor del autor para
darle sentido a cada historia, transgrediendo así aquella idea dominante en la
literatura de que hay que darle toda la información posible al lector,
volviendo a este último simplemente un agente pasivo en su propio entretenimiento.
Extraño, eso sí, el humor negro de Vargas Llosa que se evidencia en novelas posteriores que tanto me han encantado.
Finalmente, comparto el estudio introductorio de esta colección, por si alguien desea profundizar: aquí.
Por estos motivos, recomiendo la lectura de estos relatos
(2026-06-12).

No hay comentarios