Leí la autobiografía del papa Francisco, denominada “Esperanza” (Plaza & Janés, 2025). La única palabra que encuentro para calificarla es la de “bonita”. No es una obra magnífica, no romperá la historia de la Iglesia, no es un antes y un después en su género, pero es, sencillamente, “bonita”. No obstante, antes de explicar por qué es bonita, primero digamos que es la primera autobiografía de un papa en la historia, sumado a que se publicó a inicios de 2025, pocos meses antes de su muerte (acaecida el 21 de abril).
Esta obra es bonita porque es íntima. No es un tratado de teología (aunque a ratos se remite a ella) ni gira en torno a su labor oficial (aunque la menciona). Se trata de un relato, con un tono muy personal, de su vida antes y durante su pontificado. Por ese tono, Francisco se nos muestra vulnerable, como lo es cualquiera, pero fuerte como ninguno, porque acepta humildemente su humildad (“La humildad, escribió Mario Soldati, es esa virtud que, cuando se tiene, se cree que no se tiene”, p. 199), no solo porque no teme confesar sus errores, sino también porque deja en claro que la fuerza, su fuerza, no nace de ser pequeño y confundido (“si el cristiano lo quiere todo claro y seguro, no encuentra nada”, p. 131), porque todos lo somos, sino de reconocerse como tal.
También es bonita porque tiene una fuerza narrativa conmovedora. Quedo con la duda de si esa fuerza narrativa es propia de Francisco o es de Carlo Musso, quien fue el artífice y “colaborador” del texto. Pero, sea de quien sea, la historia familiar, italianos que emigraron a Argentina, conmueve, a la par que da pie a una alegoría tremenda: todos somos migrantes, tanto la Iglesia que es viajera, como las personas que buscan de aquí y allá, con “esperanza”, un mejor-estar. No olvidemos que la migración fue uno de los ejes centrales del pontificado de Francisco.
También es bonita cuando va más allá del recuerdo familiar. Francisco busca cualquier oportunidad para analizar y juzgar su presente: la crisis ambiental, la inteligencia artificial, el rol de la mujer en la Iglesia (“la Iglesia es mujer”, p. 200), los escándalos de abusos sexuales por parte de sacerdotes (“tapar [esos escándalos] es añadir vergüenza a la vergüenza”, p. 167), etcétera. En este sentido, la obra se torna también política.
También es bonita porque la narración parece más una conversación con alguien sabio, sin guion prefijado. Una anécdota de fútbol (¡era todo un apasionado!) le permite reflexionar sobre política contemporánea, para volver luego a un recuerdo familiar conectado con un tango o una película del neorrealismo italiano. Esto lo lleva a una reflexión teológica sobre un tema álgido, y allí encuentra la oportunidad para contarnos un chiste (tan inocente que suele ser malo) o una cita bíblica. Critica el chisme como uno de los peores males actuales y rinde homenaje a sacerdotes asesinados por sus convicciones (como Carlos Mugica, p. 141), para retornar al inicio de su historia criticando al capitalismo desenfrenado (“la economía que mata, que excluye, que hace pasar hambre”, p. 244).
Es una obra bonita a pesar de ser medio caótica, pero eso no está del todo mal. Francisco no quiere darnos un tratado académico rígidamente estructurado, tampoco una narración histórica cronológicamente ordenada; quiere hacernos partícipe de su forma de ver su mundo y nuestro mundo, que no separa en modo alguno. Ante un relato así de íntimo, no cabía otra manera de expresarse.
Ahora, invito a hacer una reflexión: Francisco, como es normal en personas públicas, tuvo enemigos acérrimos, incluso dentro de la propia Iglesia. La crítica más común que le hacían era que no respetó las tradiciones que fundan la solemnidad de la Iglesia, del Papado y del Papa. Pero, veamos lo que él dice: “La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego” (citando a Gustav Mahler, p. 106), a lo que agrega: “la tradición es una raíz indispensable para que el árbol no deje de dar nuevos frutos” (p. 106). Sin embargo, se lanza en ristre contra las corrientes tradicionalistas de la Iglesia: “no es sano que la liturgia se vuelva ideología […] No se trata de aprecio de la tradición, sino de ostentación de clericalismo, que luego no es más que la versión eclesial del individualismo […] La tradición no es una estatua […] La tradición es creer. La Tradición es avanzar” (p. 226-227). Esto abre el debate sobre qué tan tradicionalista se puede ser. Creo que Francisco no habría aceptado el mote de antitradicionalista, más bien de tradicionalista moderado.
En resumen, es un texto que se lee en una sentada, donde se conoce mejor al hombre, no al papa solemne ni a la teología sesuda cristiana. Lo recomiendo. 2026-03-17.

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