Sobre cómo el cine retrata el drama del artista

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Vi “Werk ohne Autor” (comercializada en Latinoamérica con el nombre “La sombra del pasado”, Alemania, 2018) dirigida y escrita por Florian Henckel von Donnersmarck [1973-], reconocido por sus cintas “La vida de los otros” (2006) y “The Tourist” (2010), y con un reparto de lujo: Sebastian Koch, Tom Schilling y Paula Beer, entre otros. El filme narra la vida de Kurt Barnert (Schilling), un artista prometedor, en tres momentos: la Alemania nazi (que cobra la muerte de varios de sus familiares), la Alemania Oriental (donde se siente que tiene cortadas las alas de su inspiración) y la Alemania Occidental (donde termina por mostrar lo que puede hacer). El drama lo aporta la tensa relación con su suegro (Koch), un médico tan famoso como malvado, quien es el autor de terribles hechos en el pasado, algunos de los cuales se conectan con la familia de Barnert. En los aspectos estéticos la película es meritoria por varios motivos, entre los que destacan la fotografía (mérito de Caleb Deschanel) y las actuaciones, lideradas por los experimentados Sebastian Koch y Tom Schilling que llevan a un buen nivel dramático la obra. Pasando a temas más de contenido, quisiera resaltar cuatro ideas. La primera es que estamos ante un largometraje que logra retratar el drama interno de los protagonistas, dejando en claro cómo estamos expuestos a las fuerzas primitivas (los daimon del mundo helénico) que nos dominan especialmente en momentos donde la supervivencia es la regla. Pero además de ello, queda muy bien retratado el alma (dramática igualmente) de tres momentos de Alemania: la nazi, la oriental comunista y la occidental. En ese sentido, la cinta puede servir para meditar las condiciones sociales de aquellos difíciles momentos. La segunda idea es que hay muchas escenas que permiten meditar el papel político del arte; por ejemplo, la relación con el comunismo por medio del “realismo socialista” de la Alemania Oriental. Pero más importante aun, el deber de remomorar por medio del arte ante la barbarie, aspecto que me recuerda la literatura y el cine comprometidos contra el olvido. Al respecto me viene un comentario de un personaje de la novela El tríptico de la infamia, de Pablo Montoya: “La ausencia de nominación es como construir un ámbito nefasto. Y es aquí cuando a Goulart parecen iluminársele los ojos. Me dice que la gran lucha es contra el olvido. Hay que hallar la identidad de esos muertos y denunciar quienes fueron los culpables. Emprender una minuciosa búsqueda de los supervivientes. Y poco a poco, con ayuda de ellos, amontonando lágrimas y dolores, nombrar a los masacrados. Otorgarles el rostro que tuvieron, saber qué hacían y pensaban y cómo fueron ejecutados. No podemos morir sin haber intentado una inmersión en la desdicha de los otros y en su calamidad de todos los días. Nuestro deber no es solo con nuestro tiempo, querido pintor, es con la posteridad. Debemos hablar de la crueldad a la que hemos descendido los hombres. Y después, solo después, permitirnos que la muerte nos cierre los ojos. A mí se me hace un taco en la garganta cuando intento responderle. Goulart aprovecha mi vacilación. Dice que mi única obligación ahora es pintar la masacre”. La tercera idea tiene que ver con la excelente representación que se hace de los dilemas del artista cuando este está buscando su estilo, su rumbo, en fin, a sí mismo. Este filme deja muy en claro que no estamos ante arrebatos sino ante el duro esfuerzo de todo artista de encontrarse a sí mismo. Y la cuarta idea, a modo de crítica, tiene que ver con lo extenso de la película. Creo que el director pudo haber dicho lo que dijo con 60 minutos menos. Entonces, si bien la obra es meritoria, exige algo de paciencia. La recomiendo, sin duda alguna. 2019-10-30.


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