Sobre cómo las heridas de la guerra continúan a pesar del silencio de los fusiles

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Vi “L'insulte” (“El insulto”, 2017, Líbano), dirigida por Ziad Doueiri [1963-], nacido en Líbano, pero quien tuvo que emigrar cuando empezó la guerra civil en su país (para contextualizar al lector sobre este conflicto, sugiero ver este pequeño texto, lástima los errores ortográficos). De este director habría que decir un par de cosas, la primera es que viene de la escuela de Tarantino, y la segunda que logró un reconocimiento internacional como director con “West Beirut” (1998), la cual vale la pena ver. El guion es del propio director junto con Joelle Toum; la música es de Éric Neveux y la fotografía de Tommaso Fiorilli (quien tiene sus momentos de inspiración, al reflejar adecuadamente el caos urbanístico propio de una ciudad en reconstrucción). El reparto está integrado por Adel Karam (aplausos), Kamel El Basha (aplausos) y Christine Choueiri, entre otros. La cinta narra cómo un insulto terminó en una disputa callejera, con golpes incluidos, entre Toni (Adel Karam), cristiano libanés, y Yasser (Kamel El Basha), palestino y capataz de una obra, disputa que impacta en los medios de comunicación y se encauza ante los estrados judiciales. Y en el proceso judicial se exhiben las heridas de la guerra civil que no han sanado en ninguno de los dos litigantes, en lo micro, ni en la sociedad, en lo macro. Para empezar, es importante señalar que la película ha sido bien recibida por la crítica; incluso, fue nominada como “Mejor película de habla no inglesa” en los premios Oscar de 2017. Pasando a temas estéticos, el filme es correcto, competente. Se nota la mano experimentada de su director; sin embargo, no sobresale más allá de la media esperada, con la excepción del dúo protagónico que lo hace bien, en especial Kamel.
Pasando en este momento a temas de contenido, claramente la obra pretende desnudar para el público la triste realidad libanesa del posconflicto, de manera tal que, como drama social, logra un nivel alto. El asunto es que intenta deslizarse, equivocadamente, al género del drama judicial donde pierde consistencia y se vuelve poco verosímil. Un abogado encontraría muchos cuestionamientos a la forma como se intenta retratar un juicio, que parece más una recreación superficial de los estereotipos occidentales de lo que es el proceso judicial (no solo por la manera en la que se desarrolla el juicio, sino incluso por la forma poco convincente y la insuficiencia dramática y argumentativa de la sentencia final del tribunal). Si se hubiera quedado solo como un drama social, estaríamos ante una gran cinta.
Otro asunto sobre el cual quiero llamar la atención son todos los giros narrativos que propone el guion, tantos que la película no logra desarrollarlos adecuadamente; por ejemplo, el giro propio de saber que el abogado acusador es el padre de la abogada de la parte defensora, lo que convierte una disputa judicial en una revancha personal y un conflicto familiar, pero me pregunto ¿qué tanto contribuyó este giro al drama? Creo que tantos giros, a la larga, terminan por agotar al público que intenta interpretar y armonizar adecuadamente toda la información que se le brinda, pero se le abona al director la creatividad y la complejidad que quería introducir en la historia de base que, en cierto sentido, mantienen la alerta del espectador porque sabe que en la escena menos esperada puede saltar de nuevo la liebre.
Entonces, como ya podrá apreciarlo el lector, la fortaleza del filme está en la exposición del drama social (las dificultades de convivencia entre personas que antes se consideraban enemigas solo por su credo o sus raíces culturales, pero a su vez cómo intereses poderosos terminan aprovechándose de estas heridas abiertas para sus propios intereses), cosa normal pero no por ello menor en las sociedades en posconflicto, donde, como lo deja en claro la obra, las armas pueden callarse pero los recelos, los odios y el dolor continúan, pues como se dice en la cinta “nadie tiene el monopolio del sufrimiento”. En este sentido esta película abre miles de oportunidades para reflexiones sobre la tolerancia (base de la convivencia y la cooperación sociales), la justicia de las víctimas (siguiendo los planteamientos del filósofo Reyes Mate, aclarando que todos, en cierta medida, en estos conflictos tan complejos, son víctimas y victimarios), y finalmente, el reconocimiento del otro como un interlocutor válido. A este respecto, el conflicto armado es reemplazado por el conflicto verbal fruto de una sociedad en la que apaciguar los recuerdos es algo más lento y difícil que poner de acuerdo a los líderes de los grupos rivales. Y es la palabra, inicialmente un insulto, y luego el silencio, el de las miradas cruzadas entre los litigantes (Toni y Yasser) con las que termina la película, los extremos en los que se juega el reconocimiento del (valor del) otro.
En conclusión, estamos ante un filme competente, que pudo ser magistral si se hubiera quedado en la exposición del drama social y si hubieran reducido, un poco, los giros narrativos que ofrece. No obstante, es una obra de un gran valor para deliberar sobre las sociedades en posconflicto, lo que la hace pertinente para entendernos (los colombianos) mirando a otros (los libaneses). La recomiendo en los términos anteriores. 2020-07-03.


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