Sobre cómo incomodar al espectador para que abandone su comodidad interpretativa

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Vi “Visitor Q” (“Bizita Q”, 2001, Japón) del controvertido director Takashi Miike [1960-], prolífico (produce y dirige cintas, así como obras de TV y teatro, como si estuviese en una fábrica de Ford), versátil (es capaz de dirigir en cualquier género) y muy iconoclasta por algunas de sus películas como “Audition” (1999) y esta que ahora comento. El guion es de Itaru Era y la fotografía (aplausos por lo arriesgada y poco convencional) de Hideo Yamamoto. El reparto está conformado por Ken'ichi Endô, Fujiko, Jun Moto, entre otros. Este filme está catalogado como drama-terror, pero el espectador queda con la duda sobre si es más comedia negra e, incluso, “gore” con toques de pornografía. Agrego que esta obra fue la sexta y última de la serie “Cine de Amor”, que tiene como particularidad que fueron concebidas bajo el formato de video digital de bajo presupuesto, con recursos limitados, con lo que se pretende acelerar el cine independiente a la vez que darle mayor dramatismo y realidad a las historias así contadas, al simular el formato de los videos caseros. La cinta narra la vida de una familia muy disfuncional: un padre fracasado en su profesión, continuamente humillado por los que lo rodean, que tiene relaciones con su hija; un hijo que golpea a su madre a la vez que es humillado por otros jóvenes; una madre adicta a las drogas, etc. Pero dicha familia recibe la visita de un extraño, “Q”, que provoca cambios en el comportamiento familiar que, dentro del simbolismo que hay alrededor, podrían incluso considerarse como positivos. Antes que nada, estamos ante una película muy sensible, que exige del espectador desligarse de sus prejuicios morales antes de verla, tal cual como sucede con Pasolini (pienso en “Salò o le 120 giornate di Sodoma”, 1975, por dar un caso). Incluso, hay que decirlo, es un filme que busca expresamente incomodar al espectador de manera tal que solo quien pueda resistir esa provocación sería el indicado para verla. A esto añado el alto simbolismo que hay a su alrededor, lo que exige una alta imaginación que permita encontrarle un sentido interpretativo y una comprensión que fusione tantas escenas aparentemente inconexas y fuertemente escabrosas. Luego de conversar sobre esta obra con otras personas, que conocen mejor el recorrido del director, creo que la mejor clave de lectura sería la siguiente: la violencia es el “antes” y el “parto” de la transformación. La excesiva violencia, física y psicológica, que rodea a la familia da cuenta de nuestro medio social, altamente agresivo y que, a pesar de ello, se nos convirtió en la única forma posible de estar-con-los-otros y con-nosotros-mismos. Esto es, que aquí se retratan los principales problemas de la realidad japonesa, como el acoso escolar, la doble moral en el sistema laboral, la violencia familiar, etc. Ahora, el visitante, por medio de la violencia (golpeando la cabeza del padre, por ejemplo), simbolizando así una racionalidad que se impone sobre los miembros de la familia, termina por modificar sus comportamientos, volviéndose esta, dentro del malestar de la cultura, más funcional que lo que podía ser al inicio. De allí la importancia que la cinta da, al finalizar, a los símbolos de la maternidad, a la centralidad de la madre y a su leche con la que amamanta a los miembros de la casa. Hay un parto, violento, que reposiciona a los miembros del hogar, lo que no niega la violencia que ellos siguen ejerciendo –o que sobre ellos se sigue ejerciendo– en la sociedad. El amor se rescata, pues, dentro de la violencia. Aclaro, eso sí, que no hay un final feliz: la violencia no logra una nueva naturaleza humana ni se levanta con ella un nuevo Leviatán que ponga a todos en su sitio bajo estrictas leyes morales. Así las cosas, si bien el valor estético de la película es muy limitado, su potencialidad está en que el sentido de la misma solo es posible con la participación activa-creativa del espectador. En este sentido podría decirse que el filme solo se completa en la cabeza de quien se arriesga, desde su imaginación y análisis (dos caras de la misma moneda), a dar un sentido hermenéutico, uno que permita la “fusión de horizontes” de la que tanto habla la hermenéutica alemana del siglo XX en relación con el arte. Finalizo señalando que esta obra ha sido uno de los grandes retos de mi actividad como reseñador de cine (título que prefiero más al de crítico). A lo que se agrega mi repulsión natural (buscada por el director) a varias propuestas narrativas que surgían de las escenas que se ponían ante mis ojos. No obstante, estos retos son interesantes pues al descentrar al espectador, al obligarlo a moverse de sus posiciones cómodas, permiten un mejoramiento de la apreciación que cada cual hace del séptimo arte. La recomiendo, para quien tenga las capacidades ya mencionadas. 2019-06-02.


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